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domingo, 6 de septiembre de 2015

PORMENORES RESPECTO AL SUICIDIO DEL PRESIDENTE GERMÁN BUCH

AL ‘CAMBA’ BUSCH LE DOLIÓ BOLIVIA
Pablo Michel Romero
Son las ocho y veinte de la mañana, radio Illimani está emitiendo música boliviana interpretada por una estudiantina, de repente una voz masculina interrumpe la música y desde el micrófono anuncia… “conciudadanos, debemos informar con el más hondo pesar que el señor presidente de la república, coronel Germán Busch Becerra, ha fallecido… a partir de este momento la programación de radio Illimani cambiará… más adelante estaremos dando mayor información de este infausto suceso”, después de casi dos minutos se interrumpe el silencio con el inicio del segundo movimiento de la Octava Sinfonía de Franz Schubert conocida como “La Sinfonía Inconclusa”… increíble coincidencia. En el mismo micrófono que el propio presidente Busch había leído su manifiesto con el rótulo “Que Bolivia aproveche sus riquezas” semanas antes, esta vez se anunciaba su muerte.

Hoy, domingo 23 de agosto recordamos el suicidio del “camba macho”, como se lo conoció en vida. El explorador, gran capitán del Chaco, golpista, nacionalista, antiseparatista, presidente de Bolivia y suicida: Germán Busch Becerra (1904-1939); y desde su muerte se ha establecido (en varios libros y textos referidos a historia de Bolivia y sus presidentes) la incertidumbre de la real causa de su muerte con el rótulo “causa de su muerte: suicidio?”

Lo preocupante es que los actuales textos que tratan el tema siguen arrastrando desde 1939 esta incógnita, generando así un sinfín de especulaciones, llegando algunas de ellas incluso al morbo, desviando así la realidad de este evento trágico que colocó a Busch entre los contados casos de presidentes (en el mundo) que tomaron esta determinación estando en pleno ejercicio de su mandato.

Por supuesto que se habló sobre un magnicidio, un asesinato político, una venganza de la “famosa rosca”, inclusive no faltó quien hizo “volar la imaginación” queriendo relacionar este evento con alguna consecuencia de la reciente guerra contra el Paraguay, tal como se relacionó la muerte del expresidente general José Manuel Pando con alguna venganza del “sur” después de la Guerra Federal, veintidós años antes; y sí, siempre existieron y existirán móviles de todo gusto y sabor para especular con la muerte de un Presidente, así se deba ésta a una causa natural o por enfermedad, y mucho más aún por la forma tan violenta en que murió Busch, con el cráneo destrozado por un balazo.

En el año 2009 tuve la suerte y privilegio de producir y dirigir el documental: Vida y obra de Germán Busch (120 minutos) y que tuvo además la participación de los historiadores Edwin Bequer, Robert Brockmann, Luis F. Sánchez y el nieto del expresidente: Carlos Germán Busch Vargas. Por tratarse de un documental biográfico, decidí concentrarme en los hitos más importantes de la vida de Busch, como su paso por el Colegio Militar, sus expediciones a las extintas y hasta míticas misiones de Zamucos, su gran participación en la Guerra del Chaco, los tres golpes de Estado que él protagonizó, su presidencia del país a los 33 años de edad, su gobierno, la desconocida pero fundamental movilización de 1938, cuando Bolivia logró el objetivo más importante de la Guerra del Chaco: “salir al Atlántico por el río Paraguay” y, finalmente, su muerte por suicidio con el emotivo homenaje del pueblo boliviano, que lloró su muerte, y las ceremonias en Paraguay por parte de la legión de los dignos excombatientes “paraguayos” a los cuales se había enfrentado pocos años antes. Sin embargo, el tema específico del suicidio no fue abordado en profundidad, fundamentalmente por falta de tiempo y creí que este episodio era digno de un nuevo documental específico sobre su muerte y los motivos que rodearon a esta trágica determinación.

Lo bueno fue que a partir de esta experiencia me llegó documentación conteniendo el proceso judicial (que no había sido publicada aún), con las declaraciones e informes técnicos y balísticos que prueban de forma definitiva que el presidente Busch se suicidó en su casa en esa fría madrugada del 23 de agosto, después de celebrar una fiesta allí, en ocasión del cumpleaños de su cuñado.

Partiendo de esta conclusión plenamente documentada y que no deja dudas, preguntémonos:

¿Qué puede motivar a un hombre a suicidarse?, ¿qué pudo orillar a este hombre joven, corajudo, Presidente, atractivo físicamente, con una familia estable y con un interesante futuro a terminar con su vida? ¿Qué le hizo tomar esta decisión cuando en otras ocasiones y estando en real peligro y depresión no lo hizo… como cuando estuvo perdido y a punto de morir en su expedición a Zamucos, o en tremendos momentos de peligro y desazón en la Guerra del Chaco?

¿Será que en los anteriores episodios de su vida tenía esperanza en el porvenir y cuando ya se encontró de Presidente vio la cruda realidad de que ni siéndolo podría realizar lo que en su criterio pensaba que era lo mejor para el país? ¿Acaso no vislumbraba con optimismo el porvenir una vez haya dejado el poder y se haya retirado de la vida pública? ¿No era suficiente motivo para aferrarse a la vida su esposa Matilde, sus tres hijos y una niña que venía en camino? ¿Acaso para Busch, los intereses de Bolivia y el Estado eran lo más importante, incluso por encima de su familia y de él mismo? ¿Es posible que a este “macho camba” le hayan afectado tanto, hasta el punto de deprimirlo, los ataques de la prensa y la oposición a su gobierno?

¿Es posible que Busch haya sido una de las miles de víctimas de la Guerra del Chaco, que retornaron en la posguerra con las secuelas y la sicosis de guerra? (no hay que olvidar que entre 1936 y 1968 existieron aproximadamente 400 casos (documentados) de suicidios de excombatientes bolivianos, un hecho que por supuesto se trató de ocultar.

Y aún podíamos hacer otros cuestionamientos más; sin embargo, hay que tocar un factor (creo) determinante en este episodio y es el referido al congénito. Existen relatos coincidentes de distintas fuentes que el médico alemán Pablo Busch (padre del Presidente) trató de suicidarse en dos oportunidades: una, cuando aún vivía en Alemania y, otra, años después en Bolivia, cuando su hijo ya era Presidente. Sobre el propio Jefe de Estado se sabe que en varias ocasiones de su corta vida se llevó su revolver a la sien; una de ellas de muy joven, cuando se encontraba perdido con un solo soldado en su famosa expedición de Zamucos (que le valió el Cóndor de los Andes) donde murieron todos los soldados de su patrulla, y en otras varias ocasiones también. Se sabe que días antes de su muerte, el Mandatario estaba a punto de pegarse un tiro en la cabeza estando en su escritorio en el Palacio de Gobierno, y gracias a que uno de sus hijos, aún niño, entró en el despacho y se cayó Busch guardó inmediatamente su arma en el escritorio y corrió a levantar a su hijo.

Tomando en cuenta estos antecedentes, concretémonos a revisar qué pasó en los últimos meses de su gobierno y por qué la oposición, la prensa escrita opositora (incluido el triste episodio de la bofeteada al rostro del escritor Alcides Arguedas) y las élites poderosas que iniciaron una cruzada contra Busch, después de que éste lanzara el decreto del 7 de junio de 1939 con el rótulo de “Que Bolivia aproveche sus riquezas”, que ordenaba la entrega del 100% de las divisas de los mineros al Estado.

Aunque Busch había llamado a elecciones en marzo de 1938 pensando en una nueva Asamblea Constituyente y el 28 del mismo mes la convención lo elegía como presidente constitucional, un año después (24 de abril de 1939) se declaró dictador.

En estos cuatro meses antes de su muerte impulsó las transformaciones más notables de su gobierno, como el Código del Trabajo que estuvo vigente hasta hace poco tiempo, nacionalizó el Banco Central; en la educación se estableció el concepto de una escuela unificada. Pero también existieron incidentes como la orden de fusilamiento para el magnate minero Mauricio Hoschild, acusado por el tráfico de pasaportes bolivianos dentro de la comunidad judía durante la persecución nazi en Europa, aunque tampoco se debe olvidar que fue el propio Busch que dio apertura años antes a la emigración de judíos de Europa a Bolivia; Hoschild no sería fusilado por presiones inclusive del propio gabinete de ministros. También, parece que los acercamientos que quiso tener Busch con el gobierno del Tercer Reich no prosperaron pues Bolivia no estaba contemplada dentro del “nuevo orden nazi”.

Las últimas semanas, la presión de los medios contrarios a su gobierno fue más dura y esto le afectó, centrándose los ataques de forma casi generalizada con la tónica de “que era joven e inexperto para gobernar”, “que no tenía ni cultura ni conocimientos”, “que era prisionero de un entorno familiar malvado que solo buscaba aprovecharse de él”, etcétera, etcétera. A esto se sumó la muerte de su madre y lo poco concurrido que estuvo el entierro; y, para finalizar, un problema dentario que había hecho que Busch tenga que tomar fuertes analgésicos para calmar el dolor, inclusive con la pérdida de una pieza frontal, lo que estéticamente también le afectó.

Según información confidencial que recientemente se ha develado, Busch tenía un confesor y las últimas noches antes de su suicidio estuvo acudiendo a hablar con este sacerdote en el actual seminario San Jerónimo, donde permanecía por largas horas, inclusive hasta muy entrada la madrugada; seguramente con un mundo de cuestionamientos, dudas, culpas, y quizá también su lucha interna contra el demonio de la autodestrucción.Resulta muy difícil precisar cuántas cartas, llamadas telefónicas, notas anónimas y panfletos con amenazas le llegaron al dictador Busch, días antes de su fin; por un lado, los poderosos de la minería, por otro, los escritores y periodistas influenciado por los “siempre presidenciables”.

Agosto sería su último mes, enfrentado al enemigo más duro y crítico que tuvo: él mismo; acompañado además de una profunda depresión, y la complicación de su salud por un problema dentario producto de la descalcificación que sufrió en la guerra. 

22 de agosto. Es el cumpleaños de Eliodoro Carmona (cuñado del presidente) y en la casa ubicada en la calle Villalobos de la ciudad de La Paz (actual hospital psiquiátrico), donde viven las tres familias (Busch y su entorno familiar, incluidos sus cuñados y sus respectivas familias); se realiza una fiesta, en la que participan los familiares y amigos más cercanos. Por unas horas, el Presidente parece haber olvidado sus profundas preocupaciones y atiende a los invitados con mucha cordialidad. El whisky le ha calmado el dolor en su encía que lo tiene torturado desde hace varios días. Después de la cena y algunos bailes, los invitados se retiran, Busch está ya adormecido por el alcohol. Se dirige a su despacho, donde se encuentran sus cuñados mientras las esposas ya descansan. Busch está alterado nuevamente y repite frases como “antes de que estos vendepatrias y reaccionarios de mierda me destruyan, prefiero meterme un tiro”, a lo que su cuñado le responde: “al final la historia te premiará, Germán. ¿Sabes por qué te insultan? Porque te temen. ¡No valen nada!” Busch responde: “mi sacrificio es en vano, pero antes de bajar los brazos prefiero meterme un tiro” e inmediatamente agarra el revólver que tiene sobre su escritorio y se lo lleva a la sien. Los dos cuñados tratan de quitarle el arma, forcejean, uno le dice: “qué te pasa Germancito, me estás desconociendo, soy yo tu hermano… déjate de macanas, el país te necesita… tus hijos te necesitan”; al escuchar nombrar a sus hijos, él se calma, todos se calman… pero después de unos segundos, nuevamente agarra su arma, se la lleva a la cabeza y se dispara.

Al “camba” Busch le dolió Bolivia; como el hombre que ama a la mujer de su vida (toda su vida) y sabe que haga lo que haga, su amor no será correspondido como él espera y (además) cree que no habrá otro que la ame de esa forma… entonces decide poner fin a su vida en varias oportunidades hasta que al fin todo confabula para el desenlace fatal.

En el Cementerio General de la ciudad de La Paz se encuentra su tumba, con una columna trunca simbolizando la obra inconclusa de Germán Busch, pero la historia, el tiempo y los procesos son implacables y en pocos años otro excombatiente de la Guerra del Chaco tomará la posta y continuará con el proceso nacionalista revolucionario: Gualberto Villarroel, que como Busch también morirá de forma dramática, colgado en un farol al frente del Palacio de Gobierno… al igual que Busch, una víctima más de las pasiones políticas y los entornos palaciegos (“la campana de cristal”) que aíslan irremediablemente a los presidentes hasta destruirlos.

Las dos últimas personas que estuvieron con él hasta su final (Eliodoro Carmona y Ricardo Goytia) no se equivocaron cuando le dijeron: “al final la historia te premiará Germán...”, pues a medida que avanza el tiempo, la figura de Busch crece y se estudia hoy en su real dimensión, sin apasionamientos, con sus luces y sus sombras; pero con una certeza: que en el transcurso de su corta vida hizo mucho más que los detractores y opositores que lo hostigaron hasta su último día.

Fuente: http://www.la-razon.com/suplementos/animal_politico/camba-Busch-dolio-Bolivia_0_2330167107.html
LA MUERTE  DE GERMAN BUSCH 
Moisés Alcázar
Poco tiempo ha transcurrido hasta el 22 de agosto. Hace una semana que el presidente no asiste a su despacho porque sufre de hastío y de una afección dental que lo tiene molesto. En los gobernantes. Quiere apartarse de esa cárcel sombría el palacio de gobierno. Su retraimiento no le impide atender asuntos urgentes y recibir algunas visitas. 

Algo denota cierto dejo de amargura, alguna sombra que empaña la limpidez de su alma. Y hay motivo para su desencanto. Un familiar le ha enviado, desde Cochabamba, copias de anónimos que circulan profusamente. Cadena Patriótica se titula uno de ellos, escrito con premeditada perversidad y está dirigido a los militares. He aquí su texto: 

"Militar joven: La Patria está en peligro de anarquizarse. El actual gobernante no sabe dónde está parado; lo rodean hombres de mala fe a quienes por su ignorancia y falta de carácter no puede controlar. El extremismo de izquierda avanza a pasos gigantescos; no olvide: que su principal fin persigue al militar profesional para hacerlo desaparecer sumiéndolo antes en el fango de crueles humillaciones. Considera usted, pues, que a continuar este ritmo en el desenvolvimiento nacional lleno de calamidades, en breve se verá pisado por la pezuña de la canalla que como en Rusia, látigo en mano, lo obligarán a trabajos que dañen su decoro. ¿Es usted inteligente? Pues bien: esa inteligencia póngala al servicio de la Patria; piense que el régimen actual no entraña la aspiración de los buenos bolivianos y está usted obligado a colaborar máximamente a borrar del escenario tan grotesca pantomima. ¿Qué principios sustenta el gobierno de Busch...? ¿Es socialista? ¿Acaso comunista o anarquista? 

¿Qué cosa es pues, señor militar? Toda una merienda de negros ridícula en desprestigio aciago de nuestra nacionalidad. Una danza de títeres en que el muñeco más inocente hace de presidente, manejado por muchas cuerdas al mismo tiempo y que siempre lo hacen brincar en falso. 

Al leer el brulote un rictus de amargura contrae las facciones del Dictador. Su alma sencilla y apasionada sufre un estremecimiento. ¿Por qué se le acuse injustamente? 

Ese día cumple años el coronel Eliodoro Carmona, hermano político del presidente y jefe de la casa militar, a quien Busch llama cariñosamente "la suegrita" por el cuidadoso control el que lo tiene sometido. Carmona siente por él veneración. Admira en el joven caudillo su nobleza, generosidad, desprendimiento y patriotismo. ¿Cómo no idolatrarlo si él y los suyos le deben todo? Soldado rudo, simple también, cree que debe corresponder a la confianza del presidente con sumisión y fidelidad. 

No obstante la tempestad que arrecia en el alma de Busch, desea que el natalicio sea festejado, otra pruebe de afecto por su lugarteniente, Sugiere el mismo los nombres de los invitados a una cena de intimidad. 

En el transcurso de la tiesta el presidente se muestre alegre, decidor, bromista y juguetón. Pero en un aparte se desahoga con un amigo: "Estoy cansado de tanta Incomprensión", le dice. Y luego dirigiéndose al ministro Leitón, que no se aparte de su lado, le hable, desde lo profundo de su desengaño y amargura, remarcando aquello de no ser más que un juguete de quienes lo colaboran. 

Le duele la ofensa. Pretende ahuyentar le tragedia que germina en lo recóndito de su alma y disfraza su tristeza" ríe, canta, baile, toca le guitarra. Se muestre alegre y efusivo. Los presentes le miran con arrobamiento. Es el amo de Bolivia, "hombre fuerte y valiente, generoso y cordial, sencillo y afable, de bondades infinitas y cóleras terribles. Y ahora, cuando el caudillo está eufórico, festejan sus ocurrencias. Busch esté aparentemente en uno de sus mejores momentos, festivo, el entusiasmo desbordante, la fuerte y alegre vitalidad de su optimismo contagioso. 

No obstante, la lucha es intensa entre el fantasma que ronda pertinaz y el que pugna por ahuyentarlo. Como Invisible cincel golpea su cerebro el anónimo maldito: ¡Muñeco, Inepto, 
payaso! Y una vez más aleja los sombríos pensamientos. Cariñoso se acerca al director de la orquesta, el pianista Luna, y le dice con ingenuidad conmovedora: 

— Mira Chapicito, se me ocurre que a vos siempre te han llamado a las fiestas a tocar para que otros bailen y que tú nunca has bailado. Pues ahora vas a bailar con la Maty... 

Y ejecuta un vals en su mandolina al que acompaña Carmona con la guitarra. El niño grande, el hombre generoso, se pinta de cuerpo entero en esta oportunidad en la que, acaso por primera vez, un componente de orquesta baila con la esposa del presidente de la República, al compás de una música tocada por el propio mandatario. Pero todo esto es sólo disfraz de su tristeza. 

Pasada la fiesta los invitados abandonan la residencia de la calle Rosendo Villalobos, en el barrio de Miraflores tranquilo por su aislamiento. Es una casa amplia, modesta, sin guardias ni retenes donde conviven fraternalmente reunidas las tres familias Busch, Carmona y Goitia. Son las tres y media de la madrugada. Por las calles apartadas, de tarde en tarde cruza veloz algún automóvil por la avenida Saavedra, la arteria principal. 

En la sala de la casa del presidente, decorada con profusión de flores, quedan, reunidos en la intimidad, los miembros de las tres familias. Pero como es hora de buscar el descanso reparador, Busch se dirige a las damas y les dice entre afectuoso y bromista: 

— Las mujeres a la cama; déjennos a los hombres... 

Graciosamente las persigue hasta la escalera, dándoles palmadas a las que muestran poca agilidad en la subida. Después quedan solos Busch, Carmona y Goitia. Comentan los pormenores de la reunión y luego proyectan el programa para celebrar, en la próxima semana, el aniversario del regimiento "Castrillo”, que en el puerto cercano de Guaqui comanda el mayor Ricardo Goitia como hombre de confianza del mandatario. 

Inesperadamente la conversación cambia de tema. Busch se queja de la incomprensión, la perversidad de las gentes, la solapada campaña de los opositores, que actúan en la sombra y no luchan de frente, donde querría medir a sus adversarios. Los solícitos familiares le esfuerzan por ahuyentar esos malos pensamientos afirmándole estar en marcha las reivindicaciones. Le aseguran que todos los hombres de mérito han sido incomprendidos y a pesar de ello le obra subsiste a través de los tiempos, bendecida por las generaciones y consagrada por el fallo inapelable de la Historia. Busch concluye por ceder. Acaricia sus oídos y estimula su vanidad ingenua, la cháchara cariñosa de los íntimos: ¿por qué no creerles? Y levantándose, exclama optimista. 

— A trabajar! 

Pide los documentos para firmar, y cuando se le advierte lo avanzado de la hora, insiste: 

— Quiero tener el despacho al día... 

La ciudad duerme tranquila. El viento que silba, batiendo la copa de añosos eucaliptos, interrumpe la calma en el barrio solitario y triste. 

Germán Busch llega a su escritorio. Toma la carpeta, lista la estilográfica para comenzar la tarea. Inesperadamente se le nubla la vista como si un manto rojo cubriera todos los objetos que le circundan. ¿Es el anónimo maldito que estimula su neurosis? ¿Explosiona su amargura contenida por la presencia del papel infame? Mira desorbitado a los dos únicos testigos de la cena y cuando sus pupilas se dilatan como los del felino qua va a dar el salto mortal, empuña su pistola, y confuso, envuelto en el delirio trágico del poseído, dice: 

— Mi trayectoria toca a su fin; ¡debe acabar mi vida...! 

Carmona y Goitia se le abalanzan. Le hablan de Bolivia, de sus hijos, su familia y de la obra que urge terminar, el destino de esta patria que él quiere engrandecer. Y lo abrazan, le 
riegan el rostro con lágrimas, se arrodillan para implorarle angustiosamente. Pero su mirada continúa extraviada. El caudillo está fuera de sí, en el paroxismo del desequilibrio, herido mortalmente en el sistema nervioso, afectado por la dura campaña del Chaco, el trabajo agotador de doce horas diarias, la confabulación de los intereses creados. Enajenado, la mirada perdida, Crispados los puños, los ojos saliéndosele de las órbitas, los dientes castañeándole, Busch representa en aquel momento la imagen del alucinado trágico. En un impulso incontrolado pretende llevar el cañón de su arma a la sien, momento en el que Carmona, con sobrehumano esfuerzo, logra desviar el disparo y el proyectil se incrusta en el marco de la ventana. 

Carmona y Goitia están pálidos y despavoridos, especialmente, Carmona, cuyo terror y desesperación se evidencia por el temblor y escalofrío que denota su frente sudorosa. Sabe que desaparecido Busch el sol se pondrá definitivamente para él y los suyos eliminado el caudillo, los familiares que viven a su sombra protectora, volverán a la brega anónima del montón, y por eso claman con sincera congoja. 

Hay algo inexplicable, en este trágico episodio. Busch es hombre de reacciones violentas, su propensión al suicidio, frustrado en dos oportunidades, la conoce, mejor que nadie la esposa; vapores de alcohol han nublado las mentes después de una prolongada fiesta y el tono de las voces elevadas, confundibles con altercado, debieron percibirse claramente en esa hora de completo silencio. Un disparo retumba en la casa, y lo que conmovería al más flemático, no altera a ninguna de las damas que están cerca al teatro del suceso. ¿Qué hizo la esposa y porque no acudió al lugar cuando oyó la detonación? 

Ella misma da la respuesta en su declaración de 29 de agosto de 1939, ante el juez de la 
causa:

"Salté de la cama y bajé hasta la primera grada, en el momento que salía el mozo del escritorio y me dijo: ¡EI Coronel ha disparado un tiro en la pared! Le pregunté cómo estaba y él me dijo ¡Esta bien, pero el Coronel está hablando de tiros! Mi intención fue entrar al escritorio, pero temí que se disgustara de verme así...". (Se refiere a sus ligeras ropas de dormir). 

El esfuerzo que impone la lucha con dos hombres que intentan arrebatarle el arma, parece haber agotado por unos momentos al hombre fuerte; parece también pasada la crisis nervios. Busch ingrese a un aparente periodo de calma, de normalidad, en sus ojos claros vuelve a brillar la luz de la conciencia, los músculos faciales han recobrado expresión normal y hasta una sonrisa se dibuja en su rostro congestionado. Asegura a sus hermanos políticos sentirse bien. 

Ellos engañados aflojan la presión de sus dedos que se asían a la fuerte musculatura del caudillo enajenado. La crisis no ha pasado. Busch ensaya una estratagema, porque el fantasma de la muerte le persigue con obstinación. Violentamente, con empellón de Hércules arroja a los dos intrusos y le dispara, rápido como el rayo, el tiro mortal en la sien derecha, protagonizando un drama que explotarán los interesados en obtener ventajas de la memoria del gran muerto. 

Según los informes médicos y técnicos la bala ha penetrado por la región temporal derecha para salir por la región parietal media izquierda. El proyectil hirió los centros cerebrales más importantes de ambos hemisferios determinando un caso insalvable. La sien presenta el orificio de entrada con el característico tatuaje del disparo inconfundible de los suicidas. 

A las 5 y 30 de le madrugada Busch se eliminó, con su inseparable pistola, una Colt calibre 32. 

La ciudad despierta sobrecogida por el vago rumor de la tragedia. En las primeras horas de la mañana existe desorientación: no se sabe con certeza lo ocurrido con el presidente, porque la fantasía popular se desborda urdiendo historias inverosímiles y disparatadas. Los teléfonos han dejado de funcionar por orden terminante impartida de no permitir comunicación alguna. A pesar de todo, la noticia ha corrido veloz. En los semblantes se dibuja rictus de dolor y desesperanza, 

¿Qué nuevas desventuras esperan a este pueblo marcado con el signo de la fatalidad? 

Al palacio de gobierno entran y salen políticos, militares, autoridades, en desordenada confusión, buscando al sustituto del Dictador, En esa medio de civiles aplanados por el miedo donde la rebeldía parece haber desaparecido, un golpe de audacia bastaría para encaramar a 
cualquiera a la primera magistratura. En el Estado Mayor General el ajetreo es también febril. Se trata de un caso trascendental, inmediato; decidir la suerte del país, evitar la anarquía y resguardar el orden. El guardián de las instituciones —el Ejército— quiere cumplir su deber...

El Hospital General se ha convertido en jubileo. En una cama del pensionado de la pieza número 8, Busch opone la recia contextura física, la admirable vitalidad de su cuerpo atlético, a las garras de la muerte que le aprisionan tenaces. Médicos y cirujanos trabajan silenciosos. El ronquido jadeante, el estertor que aprieta la garganta del suicida, denotan su agonía desde el momento que se descerrajó el disparo fatal. La ciencia ha recurrido a todos los medios a su alcance, pero se ve impotente porque Busch se muere irremediablemente.

Un sacerdote le da la extremaunción. El estado de inconsciencia le impide cumplir los últimos deberes religiosos, para depurar su alma y entrar con limpia credencial al reino de los justos. Humano al fin, tuvo muchos errores en parte imputables a sus malos consejeros instintivamente inclinado al bien, amó a los desheredados, a los niños, a los miserables, distribuyendo los tesoros de su bondad y de su Corazón. Una multitud acongojada asiste a la agonía del protector de los humildes y desposeídos.

Ahí está el vicepresidente de la República, su consejero y amigo, empañados los ojos por el dolor de la inesperada desgracia. Acaso su dolor sea de los más intensos por la sinceridad de vínculos afectuosos que le ligaron al presidente. Visiblemente emocionado, Enrique Baldivieso no atina a ordenar sus ideas. Confuso, aturdido, ni siquiera atiende a la advertencia de un político que le comunica la actitud del comandante en jefe del Ejército, a esa hora dueño del palacio de gobierno.

Y ya está Germán Busch en los umbrales de la eternidad. Son las 14 y 30 del 23 de agosto de 1939. Al dejar de latir su corazón, se quiebra, súbitamente, una esperanza para Bolivia. En los ojos de todos los presentes las lágrimas corren silenciosas. Busch, el Camba, el Gran Capitán del Chaco, el redentor de las clases oprimidas, ha muerto.


Fuente: Publicado en SEMANA DE ULTIMA HORA. La Paz, viernes 2 de mayo de 1986. Páginas: 10 y 11: http://www.andesacd.org/wp-content/uploads/2011/12/La-Muerte-de-Germ%C3%A1n-Busch.pdf

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